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Bang Bang, Dispara, o cómo aprender que una buena foto no arruine tu vida

En el primer viaje que hice a New York (2010) tuve la ocasión de comprar la cámara fotográfica con la que disfruto aún hoy. Meses antes estuve recorriendo virtualmente varias tiendas de la ciudad para tratar de hacer la mejor compra relación-precio. Hablé con muchas personas, amigos, conocidos, recabando todos los datos posibles, buscando sus experiencias y consejos que me ayudaran a tomar una decisión. Cuando tuve clara la marca, el modelo y la lente, busqué el manual de la cámara, lo imprimí y lo analicé hasta desgastar las páginas. Por supuesto lo llevé en el viaje y volví a ojear en el avión. No dormí durante el vuelo, solo pensaba en tener la cámara en la mano, sentir su peso, descubrir las funciones, empezar a disparar para comprobar la calidad de las imágenes.

Siempre me había gustado la fotografía, pero esa casi obsesión me hizo entender que había algo más.Poco después llegó el iPhone 4 y al cabo de unos meses del lanzamiento, me hice con uno, que todavía tengo. En él almaceno 132 apps de fotografía entre las que por supuesto está Instagram.

Abrí mi perfil de Flickr y lo alimento cuidadosamente. Salgo con amigos a hacer fotos y planeamos las localizaciones; me he encontrado solo en plena noche de invierno en una isla de césped entre tres autopistas para tener la fotografía que quería hacer. Cuando viajo con mi familia o amigos planifico el tiempo que quiero dedicar a hacer fotos para interferir lo menos posible en el ritmo del día. A pesar de todo, me he separado en más de una ocasión del grupo, acabando perdido.

Levantándome un par de horas antes que el resto vi nevar en Venecia de madrugada, o encontré escenas con una luz impresionante en Amsterdam.
Siempre que tengo ocasión visito exposiciones, leo mucho de lo que encuentro en internet, sigo cuentas de Twitter, soy fan de varios clásicos (Steve McCurry, Sebastiao Salgado…), me he presentado a concursos. Especial orgullo tengo por la mención que hizo el Blog de B&H incluyendo una fotografía mía y por la selección de otra fotografía mía por parte de Quo en la elección de las 20 mejores fotografías de Flickr de 2013.

Creo que para mí es algo más que un hobby.
Puede que llegue a ser pasión, aunque no he encontrado aún la razón para jugarme la vida haciendo fotos, como hacían los integrantes del Club Bang Bang (Kevin Carter, Greg Marinovich, Ken Oosterbroek y João Silva)

Para ellos fue y es su profesión. Son reporteros y formaron ese exclusivo grupo a principios de los 90 (1990-1994), durante las violentas revueltas que tuvieron lugar en los guetos de Johannesburgo (Sudáfrica), retratando desde la primera fila el principio del fin del apartheid.
Premios Pulitzer, World Press Photo y reconocimiento internacional. Por sus venas corría la adrenalina en porcentajes adictivos que hacían del peligro su modo de vida. Donde hubiera una manifestación, una pelea, una refriega, allí estaban ellos. Con su trabajo, sus fotografías, consiguieron algo más que horrorizar o informar al mundo: aceleraron un proceso político y social.

¿El precio? Secuelas psicológicas que llevaron a uno de sus integrantes al suicidio (Kevin Carter); la muerte en un tiroteo de Ken Oosterbroek fotografiado por uno de sus compañeros (Joao Silva); amputaciones de pierna por pisar una granada en el caso de Joao Silva (en Afganistán). Y luego están también las críticas, claro. El eterno debate de “en vez de ayudar, hacen la foto”.

Vivir peligrosamente y hacerlo a través de la fotografía no debe ser algo que se aprenda, aunque por supuesto habrá parte de oficio; más bien pienso que es una vocación ciega, una pasión que parece acercarte en cada disparo a la imagen definitiva.

Si quieres entender mejor esto y te interesa conocer lo que motivaba a estas cuatro personas a hacer las fotos que hacían, mira el reportaje de TVE en el programa “Documentos TV” (“¡Dispara, Bang, Bang!”)

¿La recompensa? Es complicado imaginarla. Cada uno la tendrá a su manera. Lo que parece difícil es que exista un límite. Nunca se llega a tener la fotografía perfecta. Por eso nunca se para de disparar.

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